Las fotografías de Arlette Kermer recaban nuestra atención en primer lugar por su “ritmo” y sus formas ondulantes. El gran formato utilizado les da aún mayor espectacularidad. Y cuando uno se entera de que no son el fruto de ningún retoque ni de ninguna composición artística artificial, sino que reflejan sencillamente los reflejos del agua -valga la redundancia- que no siempre aprecia el ojo humano y que la artista utiliza para su realización su inspiración una cámara convencional, nuestra admiración por ellas crece aún más si cabe.
Constituyen además una explosión de luz y color que nos devuelve a las tardes de verano de nuestra infancia, en las que tanto nos gustaba crear otros mundos en las ondas que se formaban al lanzar incansablemente guijarros al estanque o las olas del mar.
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