Siglos de guerras, destrucciones y reconstrucciones han elevado en varios metros el nivel de las ciudades europeas, entre ellas Bruselas. Así, los viandantes que cruzan la place Royale pasan sin saberlo por encima de unos sótanos que hace siglos estaban a ras de suelo y que abrigaron el Palacio de los Duques de Borgoña.

Carlos IEn estos sótanos resonaron hace casi 5 siglos los pasos de augustos personajes, cuando el 28 de febrero de 1558, El “César Carlos“, señor de la Cristiandad, entraba aquí para abdicar de sus títulos y honores ante el Parlamento de Bruselas.

El Sacro Emperador Romano Germánico de la Nación Alemana, Rey de Castilla, Aragón, Valencia y Galicia, Duque de Brabante, Conde de Flandes, Holanda y Zelanda, Duque de Austria, Estiria y Carintia, Conde de Tirol, Rey de Hungría y Bohemia, Duque de Silesia y Moravia, Duque de Borgoña, Rey de Jerusalén, Rey de Indias, Soberano de Nápoles, Milán, Túnez, Orán y otros cincuenta títulos más, abdicaba de todos ellos, enfermo y agotado tras una vida de expediciones y combates. Pronto dejaría el mundo de los vivos, carcomido como estaba ya por la enfermedad, y él lo sabía.

El “César Carlos” entró en la sala donde estaba reunido en sesión solemne el Parlamento de Bruselas, del brazo de sus seres más queridos: del brazo izquierdo le cogía su hijo y heredero Felipe, del brazo derecho su querido Guillermo de Orange, joven príncipe alemán. Guillermo, huérfano a temprana edad, había sido educado por la hermana de Carlos en la fe católica. Tras la muerte en combate de un primo lejano sin hijos, hereda de éste grandes posesiones en el Sur de Francia, el principado de Orange, que añade a sus dominios alemanes, en Nassau.

Guillermo de OrangeGuillermo se ha ganado el afecto del “César Carlos”. Al entrar en la sala, Carlos hace saber a su hijo, tomando por testigo al Parlamento de Bruselas: “Confía en Guillermo como si se tratara de tu hermano, escucha siempre su consejo, siempre ha sido como un hijo para mí“. Ocho años más tarde, Guillermo, príncipe de Orange-Nassau, se sublevará en Bruselas contra la autoridad de su Señor y será el Parlamento quien declarará a Felipe destituído como señor de los Países Bajos, nombrando como caudillo a Guillermo.

Guillermo escapa a la cólera de Felipe atravesando a caballo ríos y montañas para ponerse a salvo en sus dominios alemanes. Pero Felipe no es en vano Señor de un Imperio en el que no se pone el sol y su mano es alargada. Ha puesto precio a la cabeza de Guillermo, que caerá abatido por las balas disparadas por un pistolero a sueldo de Felipe.

La figura de Guillermo se convertirá en épica. Será el Padre fundador de la nación holandesa y tronco de la actual dinastía real holandesa. Felipe también pasó, ya en vida, al terreno de los mitos, y será considerado por los siglos venideros símbolo de una España temida y poderosa.

Principe FelipeY, paradojas de la historia, la sangre de los dos grandes adversarios se ha juntado en la persona del príncipe Felipe, llamado a reinar un día en el trono de España. Felipe no sólo desciende de Felipe II, sino también de Guillermo de Orange: una nieta de Guillermo casó con el Gran Elector Federico Guillermo, margrave de Brandenburgo, fundador del estado prusiano y antepasado pues de Guillermo II, último Rey de Prusia y Emperador de Alemania, bisabuelo de la reina Sofía y tatarabuelo del príncipe Felipe. La reina Sofía también desciende de Felipe II, como de otros insignes personajes de la historia de España, como los Reyes Católicos, el Cid Campeador o Don Pelayo.

Como recuerdo de la conexión española de Guillermo de Orange, resuena aún en nuestros días el Wilhelmus, himno nacional holandés, en honor a Guillermo. A pesar de haber muerto asesinado por las balas españolas, dice el Wilhelmus:

Por mis venas corre sangre alemana y es para mí un honor servir al Rey de España“.

Rafael Sanz Fernández