Aquel otoño de hace 175 años, la era de los reyes parecía tocar a su fin. A lo largo y ancho de Europa jóvenes belgas, polacos, alemanes e italianos parecían haberse puesto de acuerdo para derramar su sangre en las barricadas por la libertad de sus pueblos. La señal venía, como siempre, de la ciudad-luz: los artesanos y obreros de París habían conseguido echar a los Borbones.
Los soldados del rey de Holanda se disponían a atacar una Bruselas en revuelta contra su rey extranjero. A su mando, el príncipe Federico de Orange, hijo segundo del rey holandés e hijo de prusiana, hacía honor a su sangre materna dando muestras de una valentía casi suicida. Con los años reinaría en Holanda con el nombre de Guillermo II.
Era su antepasado directo Guillermo de Orange, quien algunas generaciones atrás había encabezado la revuelta en Bruselas contra otro rey extranjero, el español Felipe II.
La diferencia es que ahora la revuelta en Bruselas, anárquica y espontánea, estaba condenada al fracaso por su falta de cabeza dirigente. Una Comisión para la defensa de la ciudad, bien distinta a la que un siglo más tarde se establecería en ésta, fue organizada por los bruselenses en el ayuntamiento de Bruselas, el edificio desde cuyas ventanas siglos atrás el duque de Alba había contemplado la ejecución de los condes de Egmont y Hoorn, cómplices de Guillermo de Orange.
Curtido en mil batallas, un valiente militar español en el exilio, Juan van Halen, nacido en el Puerto de Santa María, se alistó en la Guardia Cívica. Simpático y carismático, Juan no era un cualquiera: héroe de la Guerra de Independencia española contra los franceses, había conocido las cárceles de la Inquisición por sus ideas liberales; había sido interrogado en su celda por el propio rey de España, Fernando VII, y sometido a tortura; tras una fuga novelesca, consigue llegar a Rusia, donde es presentado al Zar Alejandro, que le pone al mando de un regimiento y le envía al Cáucaso para luchar contra los fieros rebeldes chechenos. Tras el triunfo liberal en España, vuelve a su tierra, para abandonarla de nuevo en cuanto los liberales pierden el poder.
En Bruselas se levantan barricadas y se funde el plomo de las cañerías para hacer balas. El 23 de septiembre a las 8 de la mañana los holandeses atacan por varias puertas de la muralla. Su artillería abre paso a cañonazos a la infantería, que llega con facilidad al Parque Real y al Palacio de los Estados Generales. Al día siguiente, Juan van Halen consigue reunir a un centenar de valientes en la Rue de Louvain e inicia un contraataque, por el que consigue reconquistar el Palacio de los Estados Generales. Es entonces, en medio de una más que precaria situación, cuando Rogier, que con el tiempo sería primer ministro, propone a sus compañeros de la Comisión de Defensa, que su amigo Juan sea nombrado Comandante en Jefe de las fuerzas belgas por su bravura. Tras aceptar, el español organiza y coordina lo que hasta entonces era una revuelta de bandas dispersas condenada al fracaso. El día 25 el fuego de fusilería empieza a las 6 de la mañana. Ese día, Juan, a caballo y al frente de 50 hombres, hizo una salida hasta las posiciones enemigas en el Parque Real. Este arrebato de valentía levantó los ánimos de los belgas. El combate se prolongó todo el día, una jornada en la que se vió a Juan en los puestos de mayor peligro. Al llegar la noche la victoria se inclinaba del lado belga.
El día 26 iba a ser el decisivo. A las ocho empiezan los combates. A las cuatro de la tarde, entre cadáveres mutilados y edificios en llamas, Juan se lanza espada en mano a las posiciones holandesas del Parque Real. Su asistente y muchos de los que le seguían en el ataque cayeron atravesados por las balas de los Orange. Otros conocidos de Juan sobrevivirían a las balas. Así, el mayor Kessels, a quien Juan había nombrado comandante de artillería, que fue uno de los primeros en penetraron en el Parque y construyó una barricada cerca de la verja. Kessels, padre de 19 hijos e inventor de la escalera salvavidas, había sido nombrado Caballero de la Legión de Honor por el mérito de haber exhibido por Europa el esqueleto de una ballena… Otro de los conocidos de Juan convertido en héroe aquel día fue “Charlier”, apodado “Pierna de Palo”, a quien Juan felicitó y regaló un sable, un capote azul y un casquete. Charlier reclamó otra pierna de palo nueva, porque la vieja se la habían roto en los combates… El combate dura hasta las seis. Por la noche, las tropas del príncipe de Orange, considerando desesperada la situación, se retiran de Bruselas: tras 4 días de combate y 165 muertos, la independencia de Bélgica era un hecho.
264 años habían transcurrido desde que un Orange iniciase en Bruselas la revuelta contra el rey de España. Las tornas se habían cambiado y era ahora un español quien hacía triunfar la revuelta de Bruselas y echaba de Bélgica al descendiente de Guillermo de Orange.
La sangre y el dolor de aquella generación heroica no fueron en vano: la era de los reyes tocaba a su fin, los pueblos se hacían dueños de su destino y preparaban el terreno para lo que un día sería una Europa libre y unida, en la que la sangre de pueblos hermanos no se derramaría nunca más en guerras dinásticas. Bruselas, que fue testigo del valor del andaluz Juan van Halen, es hoy en día capital de esa Europa libre y unida; una Europa que fue posible gracias al sacrificio de sangre de generaciones enteras de jóvenes idealistas, caídos en la flor de la vida por la libertad de sus pueblos.
Rafael Sanz Fernández

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