Es primavera en Bruselas y Antonio Muñoz Molina nos recibe en el céntrico hotel Métropole. Bajo su traje de “director” del Instituto Cervantes se esconde un hombre sencillo y culto. Pese a ser uno de los autores españoles más leídos y uno de los miembros más jóvenes de la Real Academia de la Lengua española (ocupa el sillón “u”), no ha perdido esa cercanía que hace grandes a las personas. Conversando con él, se tiene la sensación de estar charlando con un amigo al que hace algún tiempo que no ves. Habla despacio, pese a lo apretado de su agenda es un hombre sin prisa, una persona de esas a las que les gusta saborear la vida a pequeños sorbos.
Me sorprenden sus manos: muy finas, blancas y de largos dedos. Sólo se puede escribir como él lo hace con unas manos como las suyas.
Hace unos meses que ha publicado su última novela “El viento de la Luna“, la historia de su propia adolescencia en su Mágina inventada, en el año en que nos contaron que Armstrong, Collins y Adrich pisaban la luna por primera vez. Casi al mismo tiempo que recordaba su paso a la madurez en una novela, escribía “Días de diario“, un testimonio literario en el que relata en primera persona los sentimientos, las relaciones y las pasiones del verdadero Muñoz Molina. Una visión de su vida cotidiana en la que los recuerdos tienen una importancia fundamental.
- Exilio, raíces y memoria, tres nociones muy relacionadas entre si que son una constante en su obra. La memoria en concreto ocupa en ella un lugar predominante. Sin embargo, dijo usted en cierta ocasion que “lo que recordamos es lo que olvidamos”. ¿Qué quiere usted decir con esto?
- No, yo lo que decía era una frase que decía, creo recordar, el filósofo William James: “la principal tarea de la memoria es olvidar“. Uno piensa que recuerda mucho más de lo que en realidad recuerda. Yo tengo la afición de anotar cosas, cuando voy de viaje o estoy en casa anoto cosas que me ocurren, no por nada, sino para que haya una cierta constancia.
Y eso que anoto no lo vuelvo a mirar nunca, pero cuando alguna vez al cabo de los años, tengo que mirar para confirmar alguna cosa, comprobar algún detalle, lo que me asombra es la cantidad de cosas que se olvidan. Se olvida muchísimo más de lo que se piensa, se olvida casi todo. Es un poco desesperante. Es como los libros, cuando un autor se pone con un libro quiere elaborar una trama muy cuidadosa y al cabo del tiempo el lector lo va a olvidar. ¿Cuántas veces decimos? “Este libro me gustó, pero… de qué trataba” y no te acuerdas de nada. La gente se acuerda de muy poco. Eso me pasa a mi también como autor. Te quedas con una impresión general, de modo que en mi trabajo, yo creo que casi igual que en la vida de cualquiera, ese equilibrio o desequilibrio entre lo que se recuerda y lo que se olvida son la base de mi inspiración porque mediante el recuerdo y el olvido lo que estás haciendo es construyendote una identidad presente. Cuando hay una revolución, por ejemplo, lo que hacen es derribar las estatuas, cambiar de nombre las plazas… Quitar una memoria para sustituirla por otra. Lo mismo pasa cuando uno se enamora, derribas las estatuas de los anteriores amantes. El individuo está continuamente tejiendo y destejiendo recuerdos.
- Bélgica siempre ha sido destino de emigración, sobre todo española. Uno de sus personajes dijo una vez algo asi como que en realidad sólo se tiene una única lengua y una única patria, aunque se reniegue de ella, e incluso una única ciudad y un único paisaje. ¿Esa es también su opinión?
- No. Eso no es verdad. Hay quien piensa eso pero yo creo que a las personas nos viene muy bien tener al menos dos países, dos ciudades, dos lenguas… porque una te cura de la otra, te corrige la otra, te permite un ir y venir sin dispersarte mucho. A mi me gusta mucho la gente que tiene dos ciudades que ama mucho, que son bilingües, eso enriquece mucho.
- ¿Y cuáles son las dos ciudades de Antonio Muñoz Molina?
- Las dos ciudades en las que yo vivo son Nueva York y Madrid. Hay otras que son importantes en mi vida, pero esas son mis dos bellas ciudades, en las que se desarrolla mi vida normal.
- Su vida es un constante ir y venir, tanto físico como literario. Alguien dijo alguna vez: “Feliz quien como Ulises hizo un largo viaje” ¿Por qué viajar?
- Viajar en el sentido literal o metafórico es salir de uno mismo, y salir de uno mismo es la única manera de conocerse. La especie humana se ha hecho de viajes, es una especie muy viajada. Nuestro origen está en un cierto punto de África y es una especie que se movió muy rápido durante mucho tiempo. El viaje forma parte de la propia naturaleza de la especie, por eso con tanta frecuencia en la Literatura hay tantas historias de viajes.
¿Por qué? Pues porque es algo que está profundamente dentro de lo que es la naturaleza humana, me parece a mi. Hombre, por supuesto que se puede viajar sin aprender nada y se puede viajar y en vez de aprender, confirmar los propios prejuicios, eso también ocurre. Tampoco tenemos que sobrevalorar los viajes, también hay gente que viaja y no se fija en nada. Pero de un modo u otro, metafórico o real, el viaje es para el hombre la experiencia más fundamental.
- ¿Viajes para volver y quedarse, o viajes para volverse a marchar, como Ulises?
- Depende. Yo soy culo de mal asiento, entonces siempre estoy yendo y viniendo. Tampoco entre muchos sitios. Yo creo que la capacidad de conocer los lugares es limitada, no se puede conocer íntimamente muchos lugares. Así que creo que hay que tener un cierto equilibrio. Yo a veces veo a colegas míos que están siempre en movimiento y yo digo ¡qué cansancio! Es cierto que mi vida es un poco viajera, pero comparativamente paso más tiempo quieto.
- Desde 2004 su ocupación principal era dirigir el Instituto Cervantes de Nueva York. En junio de 2006 Eduardo Lago le sucedió en el cargo. Desde entonces ¿a qué dedica su tiempo Muñoz Molina?
- Ahora he descubierto que de verdad tengo mucho trabajo. Antes de trabajar en el Instituto Cervantes pensaba que no trabajaba mucho, porque cuando estás en un puesto como ese trabajas tanto que piensas que a partir de ahora vas a vivir en la indolencia, pero luego te das cuenta de que no es así. ¿Ves? De nuevo el pasado está siendo corregido continuamente, porque terminas aquello y resulta que trabajas mucho también.
Ahora me gustaría escribir una novela, pero todavía no tengo la historia. Una novela empieza por algo, como por un hilo que piensas que es muy débil pero que si tiras de él te das cuenta de que ese hilo aguanta y quizá si sigues tirando pueda salir algo. Ese hilo todavía no lo tengo, pero estoy tratando de encontrarlo.
- De la infinidad de personajes que han salido de su cabeza, ¿cuál es el mas querido? ¿Por qué?
- A mi los personajes se me olvidan. Me gusta el protagonista de una novela corta mía que se llama “En ausencia de Blanca”, que es un funcionario provincial, en Jaén, que es al contrario de los artistas, porque los artistas muchas veces son gente muy pedestre en el fondo, pero que aparenta ser muy poética y a este le pasa al revés, que superficialmente es de una vulgaridad tremenda pero en su corazón es un romántico desmedido. Es un personaje al que le tengo mucho cariño. Me gusta inventar ese tipo de personajes así, que son gente como un poco apocada y mansa pero que por dentro tienen algo, que están hechos de otra pasta.
Elena Durán

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