Hispagenda entrevista a Álex de la Iglesia aprovechando su presencia en la 26ª Edición del Festival de Cine Fantástico (BIFFF) en la que el cineasta presentó su útlima película “Los Crímenes de Oxford”.
ÁLEX DE LA IGLESIA: “LA EDAD… ES LA SABIDURÍA DEL PERRO APALEADO”
Este titular es el mensaje de la última película de Álex de la Iglesia, “Los Crímenes de Oxford”, presentada el pasado viernes 28 de marzo 2008 en la 26ª edición del “Brussels Internacional Fantastic Film Festival” (BIFFF). Habituados a que el director vasco plantee sus películas desde “una visión excéntrica del género”, con buenas dosis de humor negro y de sangre, en esta ocasión Álex de la Iglesia se decanta por el “género puro, con las reglas en la mano”, es decir, por el enigma de una serie de crímenes sin resolver, plagados de referencias a Ágatha Christie y, sobre todo, a Alfred Hitchcock.
Ahora bien, el trasfondo argumental y filosófico de este largometraje suponen una apuesta arriesgada en una película a vocación comercial, como el mismo Álex de la Iglesia confesó durante la entrevista realizada en los sótanos del vasto complejo industrial de Tour&Taxis que alberga la edición 2008 del BIFFF.
En primer lugar, “Los crímenes de Oxford”, adaptación de la novela “Crímenes imperceptibles” del argentino Guillermo Martínez, presenta el axioma “No se puede acceder a la realidad” del filósofo y matemático austríaco Wittgenstein. A partir de este principio de Wittgenstein, defendido en la película por el profesor Arthur Seldom (John Hurt) en la conferencia que abre la película, Álex de la Iglesia pretende articular el dilema entre “vivir la vida intensamente e intentar que la vida no te golpee”. De la Iglesia asocia la primera actitud, positivista, al personaje de Martin (Elijah Wood), un joven de 25 años que cree en el poder de la razón para solucionar cualquier problema. La segunda actitud, fruto de la experiencia y de la edad, es la que el director vasco atribuye a la actitud relativista y escéptica del personaje de John Hurt.
Entonces, nos encontramos con una segunda dificultad en la vocación comercial de la película. Según comenta Álex de la Iglesia, “al contrario de las películas de iniciación como Karate Kid, en las que el protagonista, confuso, encuentra su camino gracias al gran profesor que le va a dar seguridad, fortaleza y control sobre sí mismo; el personaje de Martin empieza con una seguridad brutal” y, vía el profesor Seldom, se dará cuenta de que el mismo hecho de vivir y de aprender origina “miedos y posibilidades de equivocarse y de destrozar la vida de los demás”. Al final, todo lo que Martin veía como seguro (al comenzar la historia) es un juego de naipes y se da cuenta de que el motor de destrucción de la realidad es él mismo”.
“JUGAR UNA PARTIDA A HITCHCOCK”
“Los crímenes de Oxford” concentra múltiples alusiones al cine de Hitchcock. De la Iglesia, por ejemplo, ofrece el papel de la anciana asesinada a Anna Massey, actriz que en su juventud interpretó a la segunda víctima del psicópata de la película “Frenesí” (1972).
Otro guiño al genio de suspense es que en el largometraje, el director que dirige la orquesta en varias escenas es Roque Baños, el verdadero compositor de la banda sonora de “Los crímenes de Oxford”, decisión que emula la adoptada por Hitchcock al incluir a Bernard Herrmann como conductor de la orquesta en “El hombre que sabía demasiado” (1956).
Sin embargo, quizá lo más memorable del largometraje de Álex de la Iglesia sea un plano-secuencia que es un verdadero ejercicio de estilo rodado a la manera del maestro del cine de suspense. Es decir, un plano visualmente bonito y eficaz, narrativamente, que cuenta algo de la mejor manera. De la Iglesia explica este plano-secuencia como una partida de “cluedo” en el que “el mundo (en este caso, el universo comprendido en la trama de la película) es un tablero. La cámara te enseña dónde estaban cada uno de los personajes que van a jugar la partida y tienes que descubrir quién es el asesino“. Así, la cámara tras enfocar a la violoncelista que toca llorando, se aleja persiguiendo y cruzándose, uno a uno, con todos los personajes que forman parte del microcosmos de la ciudad de Oxford, hasta detenerse en la habitación en la que yace el cadáver de la anciana. Con esta artimaña técnica, el director quiere dar al espectador “la sensación de juego limpio”. Por eso, explica, no introdujo ningún corte en la secuencia, a pesar de las presiones de la producción, dado que, “en cuanto hay una intervención del director en el montaje, ya estás mintiendo. En cambio, si el plano es seguido, el espectador sabe exactamente qué estaba haciendo todo el mundo“.
Tras ver la película, una conclusión precipitada podría inducir a pensar en una reconversión de Álex de la Iglesia al academicismo y al conformismo con las reglas de género. A pesar de las concesiones y del sano ejercicio formal, subyace en “Los crímenes de Oxford”, esa visión naturalista de los “freaks”, de los excluidos de la sociedad por sus taras físicas o psíquicas: enanos, mutilados, y seres extravagantes. Eso sí, De la Iglesia renuncia al tratamiento socarrón y humorístico del horror; y adopta una mirada distante, sin duda más británica, de los cuerpos deformes.

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