Como parte de la sociedad que
somos, tenemos la responsabilidad legal y moral de denunciar los casos de
violencia doméstica que podamos encontrar a nuestro alrededor: hijos,
vecinos, nietos, compañeros de trabajo... Los maltratos no son un problema
de puertas para adentro. Tú también puedes y debes actuar.
Pero en ocasiones esta tarea se hace difícil, ya sea porque no sabemos
cómo hacerlo; no estar seguros si alguna persona está sufriendo
como víctima o simplemente no denunciamos por miedo. Para los dos primeros
casos trataremos de dar respuesta en esta sección, para el último
sólo podemos pedir que hagan un esfuerzo por denunciar puesto que está en
juego la integridad de muchas personas, normalmente las más vulnerables,
mujeres, niños y ancianos.
Las personas cercanas a las víctimas pueden detectar los síntomas
de un posible maltrato o abuso con mayor facilidad que las administraciones
o cuerpos de seguridad: el llanto reiterado, las marcas y hematomas,
los cambios bruscos de actitud, el retraimiento inhabitual o la pérdida
de apetito son indicadores a tener en cuenta.
- Si los ruidos que oyes habitualmente en la
casa de al lado son algo más que una discusión normal y pacífica
de pareja, llama a la policía. Alguien
puede estar en peligro.
- Si has presenciado un episodio violento, ofrece
tu testimonio cuando te lo pidan.
- Si quieres ayudar, ofrece tu apoyo a la víctima.
No te extrañes ni te sientas ofendido si te rechaza o incluso si se
enoja y niega el problema. Los maltratos físicos y psíquicos
pueden llegar a anular la autoestima y la capacidad de decisión de
una persona. Pero tampoco decidas por ella. Si sabe que puede contar contigo,
quizá se atreva a dar el paso en algún momento.
- Si quiere hablar, escúchala, pero sin presionarla
ni juzgarla. Puedes convencerla de que tiene un problema, de que no
está sola y, sobre todo, de que ella no es culpable de la situación.
Es nuestra obligación dar esta ayuda porque hay muchas mujeres que
no denuncian malos tratos por muchas razones. Al principio porque no se sienten
víctimas, están enamoradas de sus parejas, luego por miedo.
Amor y pánico se entrelazan en la vida de las mujeres víctimas
de violencia doméstica. En ellas se hace fuerte la ambivalencia de
sentimientos y acaban viviendo una relación de dependencia con su agresor,
es el Síndrome de dependencia afectiva, que les lleva a perdonarles
una y otra vez, a minimizar y negar sus agresiones. A una mujer víctima
de esta violencia se le puede llegar a escuchar decir “él
me quiere pero a su manera” o “me ha
prometido que no lo va a hacer más y yo creo en él”.
Con el tiempo van quedando anuladas por su pareja, se vuelven pasivas e
inseguras, y cada vez más su autoestima se degrada. Finalmente quedan
a merced del agresor, la dependencia y la sumisión de la mujer hacia
su pareja se vuelve absoluta. A todo esto hay que sumarle el sentimiento de
culpabilidad, creen con certeza que cuando les agreden es porque ellas han
tenido la culpa.
La mayoría de estas mujeres se aíslan socialmente para no
enfadar a sus parejas, que suelen ser muy celosas. Se sienten fracasadas como
mujeres, como amantes y como madres, y piensan que nadie puede ayudarles.
Y a pesar del infierno que viven, cualquier detalle se convierte
en un bálsamo de esperanza al que agarrarse, desean que la relación
funcione y se aferran con fuerza a cualquier cosa que pueda parecerse
a un signo de cambio por parte de él, por ejemplo cuando el agresor
dice sentirse arrepentido.
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